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lunes, 24 de mayo de 2010

Al acecho, por Isidoro Blaisten

Agazapado detrás de los salsifíes la volvió a ver. Ahora ella estaba de espaldas, tan cerca que él pudo distinguir el contorno nítido de las flores estampadas en el vestido. Más aún, pudo ver el cierre relámpago, la última flor partida en dos en el borde, en la espalda, debajo de la nuca.

Ella levantó una planta de endibia, la dejó, levantó otra y se dio vuelta. Él vio los aros de plástico, los párpados verdes, los labios muy pintados. Ella avanzó con la planta de endibia en la mano y él, entonces, vio el reloj. La malla era de un metal confuso, había sido dorada o plateada y el reloj era grande, redondo, a cuerda, con números arábigos; la esfera ya no era blanca, era amarilla, ocre.

“El paso del tiempo”, se dijo, y se acercó a ella con un salsifí en la mano. Lo sostenía entre el pulgar y el índice, con las hojas hacia delante.

–Un obsequio –dijo. Y sonrió.

Ella dejó la planta de endibia, apretó el monedero y miró. Miró el salsifí, después lo miró a él.

–Primero lo hierve; lo limpia bien y lo hierve. Sin las hojitas. Al principio es un poquitín amargo, pero usted lo corta en rebanadas, lo mezcla con las endibias, le pone nueces, un poquito de limón, lo mezcla bien con un buen aceite, para mí aceite de oliva, y tiene un manjar. Receta de mi madre todavía. Gente de antes. Comida noble, comida sencilla, familiar.

Él sonreía. Ella lo miraba. Ella tenía los ojos muy negros, abiertos, pasmados.

–Hágame la deferencia. Es un obsequio.

Ella tomó el salsifí, lo miró, lo dio vuelta, se agachó y lo dejó en la bolsa que estaba en el suelo. Él se presentó, dijo su nombre y su apellido. Ella, solamente su nombre. Se dieron la mano.

Él dijo que si ella no lo tomaba a mal, para él sería un gusto elegirle las endibias. “Lo importante es el corazón”, dijo él abriendo las hojas de una de las plantas. “¿Ve? Bien verdes.” Apartó esa planta y buscó otra. “Ahí está, ¿ve? Hojas de afuera grandes, el corazón bien tierno. Todo el secreto está ahí.” Se agachó y puso las dos plantas en la bolsa. La bolsa rebosaba. Después él se obstinó en pagar. “Por favor”, dijo ella. “Bajo ningún concepto”, dijo él, y fue hasta donde estaba la mujer de guardapolvo y pagó el salsifí y las dos endibias. Después volvió y le preguntó si ella tenía que hacer alguna otra compra. Ella dijo que no. Él levantó la bolsa del suelo, se corrió, le dejó paso y señaló hacia la salida. Ella volvió a decir “por favor”, que él no tenía por qué molestarse, que ella estaba acostumbrada a llevar la bolsa. Él dijo que no era ninguna molestia, que era un placer. Ella sonrió. Él entonces le preguntó para qué lado iba. Ella señaló hacia la izquierda con la mano que aferraba el monedero.

Eran las diez de la mañana, era verano, hacía calor, un calor sucio. La calle era ancha, desolada, sin árboles. Había casas muy bajas y un resplandor como un vaho. Él cambió de mano la bolsa y extrañó la semipenumbra del mercado y la frescura de los puestos.

Ella caminaba muy erguida; él, un poco encorvado, un poco ladeado ahora por el peso de la bolsa.

Él iba pensando si ella sería casada o viuda. “O no se casó. Vive con la anciana madre. La anciana madre está a su cuidado. Es lo único que le queda en la vida. Por eso compra tantas cosas. Pero siempre compran muchas cosas.” Y pensó que había llegado el momento de mencionar el reloj. “Por la malla, reloj de padre. Demasiado antigua para ser de marido.” Y él la llamó por el nombre. Sin dejar de mirar hacia delante, ella contestó como si pensara.

–Síii…

–Es un hermoso reloj.

Ella giró la cabeza. Él le señaló la muñeca. Ella levantó la mano, miró el reloj como quien recuerda.

–¿Sabe lo que tiene ese reloj? Tiene lo que tenían las cosas de antes, la pátina del tiempo.

–Era de papá –una sombra pasó por sus ojos y él vio que el verde del párpado brillaba en el sol.

–¿Hace mucho?

–Mucho.

Ya habían llegado a la esquina. Él volvió a cambiar de mano la bolsa, la tomó a ella del brazo y la ayudó a cruzar.

Hacia la mitad de la cuadra, muy cerca, sobresalía un toldo de aluminio. Había dos mesitas en la vereda. Él dijo que si a ella no le parecía mal para él sería un alto honor invitarla a tomar algo fresco. Ella giró la cabeza y los aros de plástico brillaron por un momento. Él pensó: “Ahora va a decir ‘Me esperan’ o ‘No puedo dejarla sola a mamá’”.

–Me esperan –dijo ella. Y sonrió.

–¿Quién la espera?

–Curioso.

Él miró la bolsa. Pesaba mucho. Él vio que a través de las endibias asomaba una forma extraña, algo que ella habría comprado antes, algo raro y alargado que estaba envuelto en papel de diario y atado con un piolín.

–¿Le puedo preguntar una cosa?

–¿Otra más?

–¿Qué lleva en el paquete que está en la bolsa? ¿Qué compró?

Ya estaban debajo del toldo de aluminio. Ella se detuvo.

–Le voy a aceptar.

Él la miró.

–Cómo… ¿Ya se olvidó? ¿No dijo que me iba a invitar a tomar algo?

–¡Valiente! –dijo él. Y volvió a tomarla del brazo y empujó con la bolsa la puerta batiente del salón de familias.

Él eligió la mesa del fondo. Dejó la bolsa en el piso, corrió una silla. Ella se sentó. Él se sentó enfrente.

Ella miraba hacia abajo, hacía extraños dibujos con el dedo sobre la mesa. Él vio que las manos de ella eran muy grandes, casi más grandes que las de él, y las uñas eran largas y escarlatas, impecablemente pintadas. Él se miró la palma de la mano: tenía la marca de la manija de la bolsa, la trama blanca y cárdena de los hilos de nailon trenzados.

–¿Y? –dijo él–. ¿No me va a decir qué hay en la bolsa?

Por detrás de la cortina apareció el mozo. El mozo se acercó, saludó y preguntó qué se iban a servir. Él la señaló a ella con un gesto de la mano entumecida. Ella dudó. Después dijo que iba a pedir un capuchino y una sola medialuna de confitería.  Él dijo que hacía mucho calor; ella, entonces, pidió también un vaso grande de soda.

–De sifón –dijo él sonriendo. Y dijo que él iba a pedir un cointreau con hielo. Ella y el mozo se miraron. Cuando el mozo se fue, él dijo:

–Le voy a hacer una proposición.

–¿A ver?

–Usted me dice qué lleva en la bolsa y yo le cuento con qué se hace el cointreau.

Ella le dijo que la verdad él merecería ser vasco. Él dijo que al contrario, que la que tenía un carácter fuerte era ella, que él sólo sufría, y le mostró la palma de la mano y le dijo que se fijase cómo él sufría, pero que no importaba, que él seguiría sufriendo en silencio. “Pobrecito”, dijo ella y deslizó el dedo índice por la mano abierta de él. Él le retuvo el dedo, después toda la mano y se quedaron en silencio, mirándose a los ojos hasta que ella retiró la mano de golpe. Por detrás de la cortina el mozo había vuelto a aparecer.

El mozo fue dejando todo sobre la mesa; ahora llenaba la medida, ella miraba la botella. “Bebida de antes”, dijo él. El mozo sonrió. Dejó la medida sobre la bandeja y echó un abundante chorro de yapa. Él agradeció con la cabeza, el mozo cruzó con él una mirada de inteligencia.

Cuando el mozo desapareció detrás de la cortina, él dijo que le iba a proponer otro trato: él le iba a explicar los orígenes del cointreau y ella le iba a decir quién la esperaba.

Ella tomó un sorbito de soda; después, mordiendo la medialuna, dijo:

–Si lo que usted quiere saber es si tengo compromiso, por qué no lo dice directamente.

Ella comenzó a beber el capuchino. Soplaba y bebía y el vaso y el reloj subían y bajaban y el color de la malla del reloj era el mismo que el de la agarradera de metal. Él hacía girar su vaso. El hielo giraba y destellaba contra el fondo ámbar.

–Bueno. Le voy a decir, usted no es una aventura más para mí. Cuando la vi caminar entre los puestos me di cuenta que usted era distinta. Todo en usted me gusta. Me gusta su forma de caminar, su manera de expresarse, cómo se arregla. Hasta cuando está callada me gusta. Usted calla como si estuviera ausente.

Él había pronunciado el nombre de ella y ahora la estaba mirando a los ojos. Ella se había quedado inmóvil, con la medialuna mordida en el aire. Quiso decir algo y se atragantó. Él le acercó el vaso de soda. Ella dejó la medialuna sobre la mesa, tomó el vaso, bebió, tragó y dijo:

–Dice cada cosa. Me ha hecho poner colorada.

Él le quitó el vaso, se levantó y le tomó la mano del reloj. Ella cerró los ojos. Él se agachó y le besó el párpado izquierdo.

–¿Por qué lo hizo?

–Fue un impulso.

Ella no dijo nada. Miraba con fijeza el marmolado de la fórmica. Él seguía de pie. Ella levantó la medialuna mordida que había quedado sobre la mesa y la dejó en el platito de aluminio. Él dijo que iba a llamar al mozo y fue a buscarlo detrás de la cortina. Ella se levantó.

Por el camino él le dijo que no le importaba su pasado. Ella dijo que su pasado no tenía nada de interesante y que era mentira, que nadie la esperaba. Él le preguntó si ella era viuda. Ella contestó que nunca se había casado. “No por falta de oportunidades.” “Me imagino”, dijo él. “Pero, bueno…”, dijo ella, las cosas se habían dado así. “Y aquí me tiene…”.

La calle era un solo resplandor caliente. Él preguntó si faltaba mucho. “No sufra”, dijo ella, “ya casi llegamos.” Él le preguntó si no hubiera querido tener un hijo. Ella le contestó que bueno, que al principio sí, pero que ahora se había acostumbrado y que, dentro de todo, lo que ahora más valoraba era la independencia. Después ella le dijo que le iba a ser sincera, que él le había despertado simpatía, que lo de ellos podía ser el comienzo de una amistad, pero que él tenía que prometerle no ser ni tan fogoso ni tan apasionado. “Prometido”, dijo él y llegaron a la casa.

Era una casa de planta baja con un corredor muy largo, muy angosto, de mosaicos blancos y negros. El departamento de ella estaba al final y era el único que daba al frente.

Atravesaron el corredor. Él vio que todas las puertas eran de hierro y estaban pintadas de verde. La del departamento de ella era distinta, era de madera, con listones encastrados, barnizada. “Barniz marino”, pensó él. Además era la única que tenía mirilla. Una mirilla pequeña, como un ojo. La puerta tenía tres cerraduras.

Él dejó la bolsa en el suelo y se miró la mano agarrotada. Ella abrió el monedero y sacó las llaves, muchísimas llaves. Estaban ensartadas en un aro muy grande y del aro colgaba una cadena con un dado inmenso, de acrílico rojo. Ella separó tres llaves en un manojo. Él le preguntó si no quería que la ayudase. Ella contestó que no, que solamente ella entendía esa puerta, y comenzó a abrir. Primero abrió con una trabex la cerradura de arriba, después se agachó y con otra trabex abrió la cerradura de abajo, después se levantó y con una llave yale abrió la cerradura del medio. Ella empujó la puerta. Él levantó la bolsa. Él notó que, curiosamente, no había ningún patio, se entraba directamente en el comedor. Había un lejano olor a flit, a cera y a sahumerio, y era notable la oscuridad. El lugar era fresco, tan fresco que él recordó la fresca semipenumbra del mercado. Ella encendió la luz. Una pequeña araña de caireles colgaba muy baja sobre la mesa y lo primero que él distinguió fueron las dos ventanas. Las cortinas tenía flores muy grandes, “como las flores del vestido”, pensó él; eran de cretona y estaban recogidas a los costados con un cordel de pasamanería y tras el resplandor del vidrio se veían las persianas totalmente bajas, intensamente pintadas de gris. Él se preguntó por qué ella no levantaba las persianas en vez de encender la luz. Ella le dijo que por favor se pusiera cómodo, que dejara la bolsa encima de la mesa. Él puso la bolsa sobre el mantel de nailon. Debajo se veía la carpeta de fieltro.

Él abrió y cerró la mano, volvió a abrirla y, mientras ella aseguraba la puerta con las tres llaves, él tumbó la bolsa de costado, sacó el salsifí, sacó las endibias, una bolsa red repleta de pomelos, dos bifes de costilla en una bolsita de plástico, un sachet de lavandina y el extraño paquete.

Ella terminaba de guardar las llaves en el monedero cuando vio que él tironeaba del papel de diario. “No”, gritó, “por favor”, dijo alargando la mano. Casi corriendo llegó hasta la mesa. Seguía diciendo que no, que por favor, que le daba vergüenza. Pero él ya había arrancado el piolín y ahora arrancaba el papel de diario. Era una plancha para bifes.

Ella miró el mango de madera, miró el disco de hierro negro y gris, esmaltado, y sin decir nada dejó el monedero sobre la mesa, levantó la plancha y la volvió a meter en la bolsa. Él le preguntó si estaba enojada. Ella no contestó. Él metió la red de pomelos; ella, los bifes de costilla y el sachet de lavandina. Él puso las endibias y el salsifí y volvió a preguntarle si estaba enojada. Ella hizo un bollo con el papel de diario y lo metió con fuerza en la bolsa. Metió el monedero también, bajó la bolsa y dijo que iba buscar un trapo para limpiar. Sobre el mantel de nailon había quedado un rastro de tierra.

Ella dio la vuelta a la mesa y se alejó por un pasillo que él recién veía. Empezaba casi en un ángulo, en el lugar donde antes tendría que haber habido una puerta. Se alcanzaba a ver una pared larga, desnuda, también pintada de gris.

Ella tardaba. Él se había apoyado sobre el respaldo de una de las sillas. Había seis, ubicadas simétricamente alrededor de la mesa; estaban tapizadas con un cuero verde, muy oscuro, bordeadas de taperolas de bronce. “Seguro que uno se queda pegado apenas se sienta”, pensó.

Entre las dos ventanas había un cristalero. En la pared de enfrente no había nada. Él pensó que en algún lugar tendría que estar el cuadro del payaso con la lágrima en la mejilla, o, al menos, el viejito encorvado sobre el pescante del coche de plaza atravesando el empedrado en la neblina. Pero todas las paredes estaban desnudas como la del pasillo; todas estaban pintadas de gris.

Se dio vuelta y miró la otra pared. Sonrió. “No podía fallar”, se dijo. Sobre una mesita niquelada estaba el televisor, y encima del televisor, en la pared, estaban los dos retratos. “Papá y mamá”, se dijo. Él había comprobado que a veces podían faltar los mates de ónix, los gauchitos de paño lenci con el lazo trenzado, las muñecas enormes sobre los mantones de Manila, pero lo que nunca faltaba, lo que nunca iba a faltar eran los dos retratos, los bromuros coloreados, las fotos ampliadas de la foto de carnet o de la foto de casamiento; el retrato de papá y el de mamá, los dos con marco dorado o laqueado, con vidrio bombé o sin vidrio; papá y mamá jóvenes y mofletudos, encarnados, con mejillas de carmín, los aros de mamá exaltados con empaste, el pañuelo de papá agregado, sobresaliente del bolsillo del saco.

Se oyó el chorro de la canilla en algún lugar lejano, en la cocina, al final del pasillo. Ella regresó con un trapo rejilla húmedo. Estaba seria, pero no parecía enojada. Pasó el trapo por el mantel de nailon. Él se corrió. Ella le pidió disculpas por la casa desordenada. Él le dijo que la casa era una tacita de plata. Ella le dijo que por favor tomara asiento, él dijo que después de ella. Ella dijo que enseguida volvía. Se alejó por el pasillo con el trapo rejilla en una mano. En el hueco de la otra mano trasladaba la imperceptible tierra. Él corrió la silla, se sentó y se paró tres veces. No, uno no se quedaba pegado; el cuero deslizaba perfectamente. Volvió a dejar la silla en su lugar.

Se oyó otra vez el chorro de la canilla y después, más lejos, una puerta que se abría y la misma puerta que se cerraba y el ruido de otra canilla, más apagado. “En el baño”, se dijo él. “Se está lavando las manos. Como limpia es limpia.” El sonido del agua había cesado. El silencio parecía más largo. “Se está poniendo crema en las manos. Espero que no se me olvide el reloj en la jabonera.”

Volvió a oírse la puerta que se abría, la puerta que se cerraba, los pasos silenciosos por el pasillo. Ella apareció por el hueco; ahora sonreía. Él vio que llevaba puesto el reloj y le pareció que tenía los labios más pintados.

“Ya está”, dijo ella. Y después dijo que él era un cabeza dura, que por qué no se sentaba. “Después de usted”, dijo él y le corrió una silla. Ella sonrió y se sentó. Él se sentó al lado, en la cabecera, de espaldas al pasillo, al costado del cristalero, al costado de las dos ventanas, frente a la silla que había probado antes, frente a los dos retratos.

Ella le preguntó qué le gustaría tomar. Él volvió a preguntarle si de verdad no estaba enojada. Ella le dijo que de verdad él merecería ser vasco, que ella le acababa de preguntar algo. “Bueno”, dijo él, y preguntó si se podía elegir. Ella dijo que dependía, que mientras no fuera ese bendito cointreau. “Granadina”, dijo él. “¿Tiene?” Ella lo miró. Los ojos de ella parecían más negros, más brillantes a la luz de los caireles. El verde de los párpados parecía amarillo. Ella se levantó, fue hasta el cristalero, lo abrió y sacó una botella; se la mostró antes de dejarla sobre la mesa. Los ojos de ella parecían más abiertos, casi desmesurados. “Es increíble que usted tenga granadina.” Ella volvió al cristalero y trajo dos copas, después dijo que iba a buscar la soda. “Sifón”, dijo él sin dejar de mirar la botella. Ella fue a cerrar las puertas del cristalero y se internó en el pasillo.

Se oyó el ruido amortiguado de la puerta de la heladera al abrirse y al cerrarse, la puerta de alguna alacena y otro ruido indescifrable. Él seguía contemplando la botella; estaba por la mitad, el corcho tenía un reguero de pringue y a la luz entrecruzada de los caireles la granadina, roja, espesa y transparente, resplandecía.

Él tardó en darse cuenta de que ella estaba a su lado y le dijo que ella caminaba silenciosamente como las princesas. “Las cosas que se le ocurren”, dijo ella y dejó sobre el mantel el platito y puso encima el sifón húmedo y lleno, protegido por un enrejado de aluminio color malva. Ella se sentó, destapó la botella, dejó el corcho sobre el mantel, llenó las copas por la mitad. Después apretó el sifón y la soda deshizo el color en la turbulencia. “Bueno”, dijo ella, “espero que ahora sí va a brindar”, y dijo que antes, con el cointreau famoso, no sólo que él no había brindado, sino que no lo había probado siquiera. Él dijo que ante la presencia de ella a él lo embargaba la emoción. Ella dijo que se comportase y que hiciera un brindis. Él levantó su copa en el aire, ella sostenía la suya con el codo apoyado en la mesa. Él dijo que ella lo había conmovido, si ella supiera los recuerdos que a él le traía la granadina, recuerdos de antes, cuando la gente era otra cosa y había educación y respeto y había sentimiento en la gente. Él recordaba que él tomaba granadina en los trenes, los trenes de antes, con papá y mamá, que ya no estaban, como los de ella (señaló los retratos con la copa en alto), que hoy nadie tenía sensibilidad para la granadina, salvo personas como ella, que era un ser excepcional, lleno de delicadeza, como su caminar, quería brindar por ella, por todo lo que ella le estaba dando, por esas cosas que aparentemente son insignificantes, pero que para él eran la verdadera riqueza de la vida, quería brindar por ella, por el gesto de la granadina, por el reloj de su padre, por los ojos de ella que reflejaban sin tapujos un alma fina, delicada y superior. “Gracias”, dijo, “gracias”, repitió, gracias por ser como ella era.

Ella, que se había tapado la cara con la mano, dejó la copa sobre la mesa. “Perdóneme”, dijo y se levantó y casi corriendo se internó en el pasillo. “Se ha ido al baño. A llorar. Siempre se encierran en el baño para llorar”. Y se dijo que había llegado el momento. El sifón estaba prácticamente lleno; era lo suficientemente pesado. Era cuestión de levantarse, atravesar el pasillo, ver de qué lado rebatía la puerta del baño y esperar. El sitio exacto era más arriba de la última flor, encima del cierre relámpago. Con cierto cansancio miró el sifón y miró por última vez la botella de granadina.

Detrás, ahora, alta, luminosa y esmaltada, la plancha para bifes relucía casi a la altura de los caireles.

Recorrido:

  • ¿Qué va a hacer él a continuación? Algunas oraciones o partes de oraciones constituyen indicios de ese final. ¿Cuáles marcarías?
  • Observá cuántas frases hechas pronuncia él. ¿En función de qué crees que el autor se las hace decir?
  • ¿Podés imaginarte a ambos personajes (edad aproximada, clase social, etc.)? ¿Gracias a qué elementos del cuento podés imaginártelos?

lunes, 17 de mayo de 2010

Brevísima selección de poesía imagista

Piñas 

La niebla azul posterior a la lluvia
llena todos los árboles;

la luz del sol lustra las alturas
de las cimas de los álamos, a lo lejos,
detrás de las casas.

Aquí una rama se inclina
y allí
                     un gorrión gorjea.

El ruedo de la cortina, labrado en rosa,
se sacude y revela a medias
un sombrerito de chimenea rojo quemado.

La tranquilidad en el cuarto
pacientemente soporta

un paso sobre la calle.

F. S. Flint (1885–1960)

*****

El lamento de Yoshiwara

Dorados pavos reales
debajo de cerezos florecidos
pero en todo el extenso mar
no hay ningún bote.


Circunstancia

Sobre las hojas de los arces
el rocío brilla rojo
pero en el loto florecido
está la pálida transparencia de las lágrimas.

Amy Lowell (1874-1925)


*****

Anochecer

Las chimeneas, hilera a hilera,
cortan el claro cielo;
la luna,
con un jirón de gasa en su lomo
posa entre ellas, una torpe Venus—

Y aquí estoy mirándola desenfrenadamente
sobre la pileta de la cocina.

Richard Aldington (1885–1977)


*****

En la ventana

Los pinos se inclinan para escuchar el viento del otoño mientras murmura
algo que sacude a los negros álamos con histérica risa;
mientras lentamente la casa del día está cerrando sus persianas del este.

Más abajo en el valle las lápidas aglomeradas retroceden
envolviendo en su tenue luz las grises mortajas de las nieblas, después que
las lámparas de la calle en el crepúsculo han comenzado repentinamente a sangrar.

Las hojas vuelan sobre la ventana y mientras susurran una palabra pasan
para la cara que se inclina desde la oscuridad, atenta, con dos ojos de oscuridad
que miran gravemente para siempre por detrás del vidrio de la ventana.

D. H. Lawrence (1885-1930)


*****

Sobre el muelle

Sobre el muelle tranquilo a medianoche,
enredado en la altura acordonada del mástil alto,
cuelga la luna. Lo que parecía tan lejano
no es más que el globo de un niño, olvidado después de jugar.


La puesta del sol

Una bailarina, codiciosa de aplauso,
renuente a dejar el escenario,
con una última provocación, equilibra alto su dedo del pie,
muestra la ropa interior escarlata de nubes carmesí,
entre los murmullos hostiles de las butacas.

T.E. Hulme (1883–1917), teórico del movimiento imaginista.

*****

Recorrido
  • ¿Cuál te gustó más? ¿Por qué?
  • ¿Por qué no escribís una imagen: imborrable, de violencia, película, infancia, aburrimiento y/o sueño? (una línea por imagen)?

Un par de datos sobre el imagismo (para quienes quieran ampliar, hay entrada aparte). 
Del “Manifiesto imagista” (1912), escrito por T. E. Hulme:

“Todo lenguaje poético es un lenguaje de exploración. Desde que se comenzó a escribir mal, los escritores han utilizado las imágenes como “ornamentos”. El punto del Imagisme es que no usa las imágenes como “ornamentos”. La imagen es por sí misma la frase. La palabra es la imagen más allá del lenguaje formulado... El poema es una «imagen», es una forma de superposición, esto es, una idea puesta encima de la otra...”
1. Tratamiento directo de la «cosa», sea subjetiva u objetiva;
2. No usar absolutamente ninguna palabra que no contribuya a la presentación poética;
3. En cuanto al ritmo: componer según el ritmo de la frase musical, no según el ritmo de un metrónomo.”

lunes, 26 de abril de 2010

Encuentro nocturno, por Ray Bradbury

Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.
—Aquí se sentirá usted bastante solo —le dijo al viejo.
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.
—No me quejo.
—¿Le gusta Marte?
—Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
—Ha dado usted en el clavo —dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.
—Ya nada me sorprende —prosiguió el viejo—. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire, los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.
Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.
Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.
Y asomó en las colinas una extraña aparición.
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:
¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.
Tomás dio el primer paso.
—¡Hola! —gritó.
—¡Hola! —contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.
—¿Has dicho hola? —dijeron los dos.
—¿Qué has dicho? —preguntaron, cada uno en su lengua.
Los dos fruncieron el ceño.
—¿Quién eres? —dijo Tomás en inglés.
—¿Qué haces aquí —dijo el otro en marciano.
—¿A dónde vas? —dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.
—Yo soy Tomás Gómez,
—Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.
—¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
—Ya está —dijo el marciano en inglés—. Así es mejor.
—¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
—No es nada.
Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
—¿Algo distinto? —dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.
—¿Puedo ofrecerte una taza? —dijo Tomás.
—Por favor.
El marciano descendió de su máquina.
Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.
La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.
—¡Dios mío! —gritó Tomás, y soltó la taza.
—¡En nombre de los Dioses! —dijo el marciano en su propio idioma.
—¿Viste lo que pasó? — murmuraron ambos, helados por el terror.
El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.
—¡Señor! —dijo Tomás.
—Realmente... —comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.
—¡Eh! —gritó Tomás.
—Has entendido mal. ¡Tómalo!
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.
Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
—¡Las estrellas! —dijo.
—¡Las estrellas! —respondió el marciano mirando a Tomás.
Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.
—¡Eres transparente! —dijo Tomás.
—¡Y tú también! —replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.
El marciano se tocó la nariz y los labios.
—Yo tengo carne —murmuró—. Yo estoy vivo.
Tomás miró fijamente al fío.
—Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.
—¡No! ¡Tú!
—¡Un espectro!
—¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
—¿De dónde eres? —preguntó al fin el marciano.
—De la Tierra.
—¿Qué es eso?
Tomás señaló el firmamento.
—¿Cuándo llegaste?
—Hace más de un año, ¿no recuerdas?
—No.
—Y todos ustedes estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?
—No. No es cierto.
—Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.
—Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
—Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.
—¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró hacia donde indicaba el marciano y vio las ruinas.
—Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír.
—¡Muerta! Dormí allí anoche.
—Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?
—¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.
—Hay polvo en las calles —dijo Tomás.
—¡Las calles están limpias!
—Los canales están vacíos.
—¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
—Está muerta.
—¡Está viva! —protestó el marciano riéndose cada vez más—. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?
—Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...
El marciano estaba inquieto.
—¿Dónde está todo eso?
Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.
—Allá están los cohetes. ¿Los ves?
—No.
—¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.
—No.
Tomás se echó a reír.
—¡Estás ciego!
—Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!
—Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
—Yo veo un océano, y la marea baja.
—Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
—¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!
—Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
—Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!
Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
—No.
—Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes —dijo el marciano.
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.
—¿Podría ser?
—¿Qué?
—¿Dijiste que «del cielo»?
—De la Tierra.
—La Tierra, un nombre, nada —dijo el marciano—. Pero... al subir por el camino hace una hora... sentí...
Se llevó una mano a la nuca.
—¿Frío?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... —dijo el marciano—. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.
—Lo mismo me pasó a mí —dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.
El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.
—Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
—No. Tú, tú eres del pasado —dijo el hombre de la Tierra.
—¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?
—En el año dos mil dos.
—¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
—Nada.
—Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...
—¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.
—Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?
—Sí. ¿Tienes miedo?
—¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? —El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. —Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.
—Jamás nos pondremos de acuerdo —dijo.
—Admitamos nuestro desacuerdo —dijo el marciano—. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.
Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.
—¿Volveremos a encontrarnos?
—¡Quién sabe! Tal vez otra noche.
—Me gustaría ir contigo a la fiesta.
—Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.
—Adiós —dijo Tomás.
—Buenas noches.
El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
—¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! —suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.
—¡Qué extraña visión! —se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.

Recorrido:
  1. ¿Te gustó el cuento? ¿Por qué?
  2. ¿Hay algo en el relato que te haga cuestionar tu propia visión del mundo?

viernes, 9 de abril de 2010

Esperanza número equivocado, de Elena Poniatowska

Esperanza siempre abre el periódico en la sección de sociales y se pone a ver las novias. Suspira: “Ay, señorita Diana, cuándo la veré a usted así”. Y examina infatigable los rostros de cada uno de las felices desposadas. “Mire, a esta le va a ir de la patada…” “A esta otra pue'que y se le haga…” “Esta ya se viene fijando en otro. Ya ni la amuela. Creo que es el padrino…” Sigue hablando de las novias obsesiva y maligna. Con sus uñas puntiagudas —“me las corto de triangulito, pa arañar, así se las había de limar la señorita”—, rasga el papel y bruscamente desaparece la nariz del novio, o la gentil contrayente queda ciega: “Mire, niña Diana, qué chistosos se ven ahora los palomos”. Le entra una risa larga, larga, larga, entrecortada de gritos subversivos: “Hi ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! ¡Hiiii!”, que sacude su pequeño cuerpo de arriba abajo. “No te rías tanto, Esperanza, que te va a dar hipo”.

A veces Diana se pregunta por qué no se habrá casado Esperanza. Tiene un rostro agradable, los ojos negros muy hundidos, un leve bigotito y una patita chueca. La sonrisa siempre en flor. Es bonita y se baña diario.

Ha cursado cien novios: “No le vaya a pasar lo que a mí, ¡que de tantos me quedé sin ninguno!”. Ella cuenta: “Uno era decente, un señor ingeniero, fíjese usted. Nos sentábamos el uno al lado del otro en una banca del parque y a mí me daba vergüenza decirle que era criada y me quede silencia”.

Conoció al ingeniero por un “equivocado”. Su afición al teléfono la llevaba a entablar largas conversaciones. “no señor, está usted equivocado. Esta no es la familia que usted busca, pero ojalá y fuera”. “Carnicería ‘La Fortuna'” “No, es una casa particular pero qué fortuna…” Todavía hoy, a los cuarenta y ocho años, sigue al acecho de los equivocados. Corre al teléfono con una alegría expectante: “Caballero yo no soy Laura Martínez, soy Esperanza…” Y a la vez siguiente: “Mi nombre es otro, pero en ¿qué puedo servirle?” ¡Cuánto correo del corazón! Cuántos “Nos vemos en la puerta del cine Encanto. Voy a llevar un vestido verde y un moño rojo en la cabeza”… ¡Cuántas citas fallidas! ¡Cuántas idas a la esquina a ver partir las esperanzas! Cuántos: “¡Ya me colgaron!” Pero Esperanza se rehace pronto y tres o cuatro días después, allí está nuevamente en servicio dándole vuelta al disco, metiendo el dedo en todos los números, componiendo cifras al azar a ver si de pronto alguien le contesta y le dice como Pedro Infante: “¿Quiere usted casarse conmigo?” Compostura, estropicio, teléfono descompuesto, 02, 04, mala manera de descolgarse por la vida, como una araña que se va hasta el fondo del abismo colgada del hilo del teléfono. Y otra vez a darle a esa negra carátula de reloj donde marcamos puras horas falsas, puros: “Voy a pedir permiso”, puros: “Es que la señora no me deja…”, puros: “¿Qué de qué?” porque Esperanza no atina y ya le está dando el cuarto para las doce.
Un día el ingeniero equivocado llevó a Esperanza al cine, y le dijo en lo oscuro: “Oiga señorita, ¿le gusta la natación?” Y le puso la mano en el pecho. Tomada por sorpresa, Esperanza respondió: “Pues mire usted ingeniero, ultimadamente y viéndolo bien, a mí me gusta mi leche sin nata”. Y le quitó la mano.
Durante treinta años, los mejores de su vida, Esperanza ha trabajado de recamarera. Sólo un domingo por semana puede asomarse a la vida de la calle, a ver a aquella gente que tiene “su” casa y “su” ir y venir.
Ahora ya de grande y como le dicen tanto que es de la familia, se ha endurecido. Con su abrigo de piel de nutria heredado de la señora y su collar de perlas auténticas, regalo del señor, Esperanza mangonea a las demás y se ha instituido en la única detentadora de la bocina. Sin embargo, su voz ya no suena como campana en el bosque y en su último “equivocado” pareció encogerse, sentirse a punto de desaparecer, infinitamente pequeña, malquerida, y, respondió modulando dulcemente las palabras: “No señor, no, yo no soy Isabel Sánchez, y por favor, se me va a ir usted mucho a la chingada”.  
                                                                                
en De noche vienes , Ed. Grijalbo, 1979, México, pp. 31- 36.


Recorrido: 

  • ¿Te gustó este relato? ¿Por qué?
  • Comentános algún elemento de la historia que no se mencione explícitamente, pero al que se aluda con sutileza.
  • ¿Notás algún cambio de perspectiva (punto de vista) entre los diversos modos que usa el narrador para presentarnos a Esperanza?

sábado, 20 de marzo de 2010

Los pocillos, por Mario Benedetti

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.
"Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta.
Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana.
La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.
Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.
"No."
"¿Querés que te sea sincero?"
"Claro."
"Me parece una idiotez de tu parte."
"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oírle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.
"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."
"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros."
"¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."
"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente, piadosamente— protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.
"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.
"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.
Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."
"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."
"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
"Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.
Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No lo dejes hervir", dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."


Recorrido:

  • ¿Para qué le sirven al autor los objetos, además de para la revelación final?
  • ¿Te resulta sencillo juzgar moralmente a los personajes?

viernes, 5 de marzo de 2010

El cerdito, por Juan Carlos Onetti

 

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada; la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y  traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
—Dale otro golpe. Por si las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.



Recorrido:

  • ¿Qué te sugiere la imagen del cerdito, presente al menos en el título y en la alcancía de Guido?
  • El cuento no explicita ninguna lección moral. 
                      Si estás de acuerdo con esta afirmación, ¿qué creés que aporta al relato esa ausencia?
                      Si no estás de acuerdo con esta afirmación, contanos por qué.  

viernes, 5 de febrero de 2010

Recorrido II: El día que te lleve el viento



Aquella tarde él recorría las calles de siempre soportando la llovizna y el frío. Las manos en los bolsillos, la bufanda enroscada en el cuello, la boca caliente detrás de la bufanda. No tenía sentido pensar en ella, pero no podía hacer otra cosa más que recordarla; más que aceptar, con una mínima furia contenida, que el amor era una roca, una fuerza real que él no había considerado nunca. Cariño por una mujer no era lo mismo que amor. Por ella había sentido amor. Y había hecho todo al revés o, por lo menos, se había equivocado lo suficiente como para que ella terminara por abandonarlo; para que el amor lo abandonara en realidad. Sonrió. Se sentía viejo para sufrir por esas cosas, pero necesitaba llegar hasta el final de su desesperación, agotarla, convertirla en un sentimiento ridículo, terminar de apartarse, de una vez, de la melancolía.
Entró en un pequeño bar de una esquina cualquiera y pidió un café y una medida de grapa. Le gustaba tomar grapa en un lugar que parecía más bien ambientado para el whisky o el coñac. También le gustaba el coñac, pero le daba una vergüenza inexplicable beberlo frente a extraños. La forma extrovertida de la copa, la posibilidad de que la calentaran incendiándola a la vista de todos. Semejante espectáculo no tenía nada que ver con él. La grapa le parecía mejor, en un vaso pequeño, con un color apenas esmeralda que la ligaba tan adecuadamente a su idea de humildad.
Tomó la grapa y bebió un poco de café. Esperó un tiempo prudencial y pidió otra haciendo una seña con la mano. El mozo no habrá podido determinar con exactitud lo que él quería (tal vez porque la seña correspondía también a la de un café) y se acercó. Él aprovechó esa fugaz intimidad que se le brindaba para pedir una doble. El mozo la trajo en dos vasos, cosa que él nunca hubiera imaginado. No había pedido dos sino una, doble, pero no dijo nada, no quería ofender al mozo. Terminó la bebida y se levantó para ir al baño. El alcohol lo había mareado y, más que la cantidad, pensó que había sido la velocidad a la que lo había tomado. Se sentía bien, lo único que iba a necesitar era comer por la noche. Nada más, murmuró, lo que debió ser mal escuchado por el mozo, que le preguntó qué quería. Ir al baño, dijo él. Arriba, le indicó el mozo: la puerta de la derecha.
La escalera era tan angosta que, supuso, de bajar alguien en ese preciso momento uno de los dos iba a tener que retroceder hasta el final para dejar el paso al otro. Empujó la puerta correcta (la que tenía pegada la figura masculina) y echó su cuerpo sobre la pared, frente a uno de los mingitorios. Estoy borracho, se dijo; y pensó que ya estaba borracho desde antes de haber tomado y que la grapa sólo le había dado la excusa para poder expresarlo. Estaba borracho porque quería estar borracho. La borrachera es un estado del alma, concluyó, y decidió que cuando llegara a la soledad de su departamento iba actuar para sí mismo como un borracho, como el alcohólico empedernido que no era. Quizá revolear un vaso contra la pared, reírse de un pensamiento a los gritos. En público debía mantener la compostura, no era hombre de andar haciendo escenas por ahí.
Bajaba las escaleras cuando una mujer rubia subió el primer escalón. La mujer no se dio cuenta enseguida de que la escalera estaba ocupada y él la dejó seguir. Se encontraron en el medio y la mujer esperó paciente su retroceso. El sabía que tenía que retroceder. Tardó un poco, pero realmente iba a retroceder cuando ella avanzó con audacia, obligándolo a ponerse de costado. La mujer tenía que hacer fuerza para pasar y la hizo. No eligió las caderas para empujar, sino los pechos y la pelvis, dándole a él la cara de manera brutal. El aliento de la mujer, su perfume agresivo, aceleraron por un momento su corazón. La mujer siguió hacia arriba con decisión y abrió la puerta del baño, se diría que la embistió, sin furia, como si no lo hubiera hecho con el cuerpo, sino con una energía que llevaba delante del cuerpo. Una especie de escudo protector y destructor también, por qué no.
Bajó las escaleras, volvió a sentarse y pagó la cuenta. Cuando la mujer bajó, se sentó en una mesa donde había un coñac esperándola. Él podía sentir cómo el extraño perfume de la mujer, perceptible a esa distancia, lo perturbaba; un influjo de luna sobre su sangre, pensó. La mujer apuró la bebida, se puso el abrigo y salió del bar. Cuando pasó frente a él, del otro lado de la ventana, no lo miró, pero con los dedos extendidos de su mano izquierda rozó el vidrio de punta a punta, dejando una marca humedecida. Él se levantó, enroscó su bufanda al cuello y salió a la calle. Vio la figura de la mujer a mitad de cuadra. Caminó rápido hasta acercarse un poco. Después trató de coordinar su velocidad con la de ella. Estaba excitado, sorprendido de sí mismo, de estar siguiendo a una mujer, de estar acechándola. Caminaba tratando de ir en línea recta de árbol en árbol para ocultar su cuerpo. Temía que ella se diera vuelta, que lo sorprendiera en esa actitud. Quería mantener media cuadra de distancia, pero su andar se aceleraba y varias veces tuvo que demorarse para no alcanzarla. La mujer dobló y él supo de pronto que iba a conseguir lo que quería. De cualquier manera: en la calle, en el baño de un bar, iba a obligarla de ser necesario. Le miraba las caderas entubadas en una pollera provocativa, su andar sereno, sexual. Era alta, muy alta, y recién lo notaba; no menos de cuarenta y cinco, el pelo largo, rubio natural, y sintió que estaba seguro de lo que ella buscaba en la calle. Sabe que la estoy siguiendo, se dijo, justo cuando la vio entrar en un edificio bajo.
Corrió hasta la puerta y espió a través del vidrio: la mujer desaparecía en las escaleras. Aspiró el aire. El rastro de ese perfume lo hacía olvidarse del mundo. Ni siquiera tenía presente por qué había salido aquella tarde a caminar, por qué se había metido en ese bar a tomar café con grapa. De cualquier manera, nada de eso le habría importado. Deseaba entrar. Era un edificio de sólo tres plantas, estaba seguro de poder seguir el perfume a través de la escalera. Empujó el vidrio con un golpe seco y la puerta se abrió, la había dejado entornada. Puta, dijo en voz baja.
Subió por las escaleras. El palier estaba oscuro, apenas iluminado por un ojo de buey que daba al exterior. Había dos departamentos por piso y subió al segundo siguiendo su olfato. Se sentía un sabueso, un perro excitado al que se le derretía la boca por estar tan cerca de su presa. Se paró directamente frente a una de las puertas, ni siquiera contempló la posibilidad de que pudiera ser la otra. La excitación se le había expandido ahora por todo su cuerpo, hasta el dolor, hasta el ahogo. Iba a tocar el timbre pero golpeó, tres veces, con una decisión que lo hizo sorprenderse de sí mismo.
–¿Quién es? –preguntaron desde adentro.
La voz era más aguda de lo que se la había imaginado pero igual la delataba: vivís sola, salís a los bares a calentar tipos. Golpeó tres veces más.
–¿Pero quién es? –insistió la mujer sin abrir la puerta.
–Nos conocimos en el bar, mejor dicho, en la escalera del bar.
Si abría no la iba a dejar respirar, se le tiraría encima, le levantaría la pollera y trataría de penetrarla ahí mismo. Le dolía el estómago. La puerta se entreabrió, todo lo que permitía la cadena: un grueso pasador visible desde afuera.
–Nos conocimos en el bar –repitió él en voz baja pero inflexible–, abrime.
–Ándate porque llamo a la policía –dijo la mujer y amagó cerrar la puerta. Pero él se había adelantado: había metido el pie.
–Antes de que llegues al teléfono rompo la cadena y te cojo por todo el piso –dijo él, como para no darse lugar a volver atrás.
–Estás loco, adentro está mi marido.
–Adentro no hay nadie.
–Grito.
–Te voy a hacer gritar yo –dijo él y se tiró hacia adelante metiendo la mano por la abertura.
Fue un acto impulsivo, porque inconscientemente tuvo que sacar el pie y ella aprovechó para cerrar la puerta y atraparle la muñeca. Lo estaba lastimando, le estaba por quebrar la muñeca.
 –Ahora la que te va a hacer gritar soy yo –dijo la mujer, y descargó una presión terrible sobre la puerta.
La mano de él estaba a la altura de las piernas de la mujer. Alcanzó a tocar los bordes de su pollera con la punta de los dedos. La mujer se arrimó apenas unos centímetros, él la rasguñó y ella apretó la puerta con fuerza hasta paralizarlo de dolor. De golpe la mujer se acercó más y se metió la mano de él entre las piernas. No tenía bombacha y dos de los dedos de él se deslizaron sin problemas hacia adentro. La mujer se detuvo un instante y aflojó levemente la presión de la puerta. Él metió un poco el antebrazo y aprovechó para hundirle los dedos hasta el fondo y apretarle con el pulgar la parte superior de la pelvis. Entonces la mujer volvió a aumentar la presión, echando todo su cuerpo sobre la puerta, a punto de partirle el antebrazo. Lo obligó a detenerse. Ella movía su cuerpo haciendo que los dedos de él, ahora rígidos e inmóviles, entraran hasta los nudillos. Era la dueña de la situación y él fue entendiendo que debía dejarse domar, que no le quedaba otra. Hacía o dejaba de hacer según se lo permitía la presión de la puerta. La mujer, la hembra dominante, pensó él; bajaba y subía su cuerpo, ordenaba qué hacer y cómo hacerlo  usando como riendas la presión de la puerta sobre su antebrazo.
–Puta –le dijo él.
–Te vas a morir –le contestó la mujer y nuevamente le hizo sentir el peso de la puerta.
Él aceptó que ni siquiera debía hablar. Cerró los ojos y trató de sentirla, de sintonizarse con ella. Poco a poco se fue olvidando del dolor, de sí mismo, hasta que estuvo entregado por completo y logró comulgarla. De golpe supo que ésa era la manera más sublime que había experimentado jamás de sentirse hombre. Ella se cerraba alrededor de su mano, apretándola con las piernas calientes y él se mantenía en posición, pese al dolor, pese a su propio deseo.
Hasta que todo cambia porque ella se afloja y la presión de la puerta sobre su brazo disminuye. Él podría empujar ahora la puerta pero no lo hace. Por nada del mundo cometería el pecado de interrumpirla. La siente navegar muy cerca de un mundo distinto, cada vez más distante de sí y de él. Siente sus movimientos ahora leves, arrítmicos, precisos. Se da cuenta de que ella, la mujer, está haciendo exactamente lo que necesita, y no va a interrumpirla. La mujer alcanza un orgasmo brutal, convulsivo, ahogándose con cada movimiento, tomándole la mano, haciéndolo rendir también a él, haciéndolo exhalar el aire, la vida, que todo ese tiempo había retenido en sus pulmones. La mujer se sale y le saca el anillo de plata, que se desliza por su dedo sin problemas. Él retira el brazo y se echa sobre el piso, casi no puede soportar el dolor. La mujer cierra la puerta y da un giro de llave.
–Tenés cinco minutos –le dice desde adentro–, antes de que llame a la policía.

Bajó las escaleras y salió a la calle, al frío y la llovizna. Tenía la muñeca hinchada, quizás algún hueso fracturado. Se subió el cierre de la campera y usó la bufanda para colgar la mano en cabestrillo. En la esquina dobló a la derecha. Se sentía un hombre nuevo. Se acordó de ella, de la mujer que lo había abandonado. Pensó en el amor, en el dolor, en el otro dolor, en la locura. Se dijo con alivio que había muchas cosas que todavía lo esperaban en algún lugar. Cuando llegó al bar se sorprendió de que fuera de noche. Putas de mierda, dijo en voz baja y se detuvo para acomodarse mejor la ropa. Después cerró los ojos y murmuró una canción. La cantó, sonriendo la cantó: Un día te veré contento, el día que te lleve el viento. Se alejó cantando.


Pablo Ramos (1966), en Cuando lo peor haya pasado (2003).

Recorrido:

  • ¿Qué cambia en el protagonista entre el comienzo y el fin del relato?
  • ¿Qué hay en común entre este cuento y «Todo puede suceder», del mismo autor?

Recorrido I: Todo puede suceder

Otro día de lluvia. Observo la tarde desde el balcón de mi casa. Una chica acaba de pisar la doble línea amarilla de la avenida San Martín y ahora la sorprende el semáforo. Parada en medio de la estampida parece desconcertada. Los autos son un río interminable: no hay espacios hacia donde avanzar, no hay modo de retroceder ni de arrepentirse. Tengo la certeza de que algo va a ocurrir en este momento. Miro los autos estacionados, la gente que camina distraída; miro los negocios, los restos del verano en las vidrieras desordenadas. Todo es igual que siempre: una postal que se mueve, que perdura en el tiempo.
La chica da un paso hacia atrás y un motociclista que no alcanza a frenar inclina la moto con su cuerpo para no atropellarla de lleno. Le pasa demasiado cerca, y acaso la empuja un poco porque la chica cae y el motociclista, a su vez, también cae y se desliza por el asfalto más de veinte metros. El semáforo cambia y es una suerte para los dos que los autos se detengan. Él se levanta y camina, arrastrando su moto, hasta donde está la chica: casi sentada en medio de la avenida. La gente se amontona. Puedo reconocer a unos cuantos desde acá, sentado en el balcón de mi casa como en el palco de un teatro. Alguien pide a los gritos que no la toquen y aparta a la gente, empujándola con fuerza. Después una sirena, una ambulancia, el auto de la policía.
Sigo en el mismo lugar: en el balcón de mi casa. Todavía asustado, aunque la calle, poco a poco, ha vuelto a ser la de siempre. Camino hacia la cocina y pongo el agua para el mate. Todavía tengo en la mente la última imagen de la avenida y entonces de golpe, a propósito de nada, esa imagen es desplazada por otra imagen: la de un zapato. Una imagen real, casi perfecta: un zapato, seguro que de mujer, tirado en medio de la avenida.
Dejo la cocina, cruzo el living y salgo al balcón. El zapato está ahí, exactamente sobre la doble línea amarilla, apenas a salvo de los autos que van y vienen. Salgo del departamento y en pocas zancadas bajo la escalera hasta el pasillo de entrada. Salgo a la calle, espero la oportunidad y cruzo a buscarlo. Es el zapato izquierdo, perfectamente acordonado y con un soquete blanco y azul en su interior. Parece algo preparado, una broma de mal gusto. ¿Cómo pudo habérsele salido el zapato de esta forma? ¿Cómo pudo salir el pie sin haber arrastrado el soquete? Vuelvo a mi departamento y lo dejo en la cocina. El zapato ahora está ahí: mojado sobre la mesada de mármol. Mientras sacudo la yerba, me agacho y lo huelo. Tiene el olor que debe tener: a cuero mojado. Nada que lo relacione con la chica del accidente, ningún olor femenino, ningún perfume. Sólo cuero mojado y un soquete de algodón sucio de barro. Lo miro una vez más, después lo dejo, me olvido, termina mi día y me voy a dormir.

Es la tarde del segundo día del zapato en mi casa. Siempre en el mismo lugar, ahora seco y endurecido por el calor de la cocina. Vuelvo a mirarlo de cerca, a olerlo. El soquete cuelga en el lavadero, limpio y húmedo, junto a la ropa recién lavada. Estoy descalzo, parado sobre el piso de mosaico. Me siento sobre la mesada, desato el nudo y retiro el cordón. Luego intento calzarme el zapato. Me resulta imposible, es demasiado pequeño para mi pie. Igual me lo dejo, me bajo de la mesada y camino así, con el zapato a medio calzar. La altura despareja y la presión en los dedos me imponen un paso torpe, aparatoso. Hacen que balancee la cadera como una anciana renga.
Voy hasta la heladera, la abro y tomo un trago de leche. Después voy hasta la pieza. Cruzo toda la casa en dirección al balcón. Me detengo en el living para verme reflejado en el espejo que ocupa casi toda la pared del fondo. Camino de perfil y me miro, primero del lado del pie descalzo y después del lado del zapato. Sigo haciendo mis cosas como si nada. Voy al baño y me lavo los dientes, me cebo unos mates. Vuelvo al living (cuando paso frente al espejo me miro con disimulo), tomo un libro de la biblioteca y me siento en el sillón. Cruzo las piernas –la izquierda sobre la derecha–, veo colgar de mis dedos el zapato sin cordones. No tengo intenciones de leer y entonces me levanto. De nuevo hasta la cocina, de nuevo al baño, rengueando y chancleteando el zapato por toda la casa. De golpe me siento desanimado: avergonzado no sé de qué; sentado en la mesada de mármol como si hubiera llegado a la meta, me saco el zapato y lo dejo. Debería tirarlo, pienso; más tarde, digo, cuando saque la basura.
Es ahí que lo veo: un papelito rosa tirado en el piso de la cocina. Lo levanto y noto que está doblado. También está escrito: J. A. García 1249, dice. Es una dirección, a pocas cuadras de mi casa.
Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato ¿Pero a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí? Lo despliego y compruebo que adentro también está escrito. Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos, dice. La frase no tiene firma, y la letra (estoy seguro) no es de la misma mano que anotó la dirección. La frase tampoco tiene sentido, así, suelta, escrita en un papel que hasta hace minutos estaba adentro de un zapato.

No puedo imaginar por qué, pero estoy en la calle. Llevando el zapato con el soquete adentro de una bolsa de plástico. Camino apurado. La llovizna amenaza ser lluvia torrencial en cualquier momento y lluvia torrencial significa, en este barrio, inundación. Por eso camino apurado. Me siento incómodo, como si todo el mundo supiera que estoy devolviendo medio par de zapatos viejos.
Llego al lugar y resulta ser un local abandonado: una cortina de enrollar de varillas de hierro, forjada en rombos, cancela el paso. Detrás de la cortina, una puerta vaivén destrozada, dos vidrieras rotas y pintadas con cal y un agujero en la pared del fondo por donde entra algo de luz. Una especie de imprenta vieja se puede ver en el centro. No hay timbre ni nadie a la vista que pueda oírlo. No golpeo. Meto la bolsa por uno de los rombos de la cortina de enrollar y la tiro con fuerza, tratando de embocarla en el agujero de un vidrio roto. El soquete se sale y cae adentro, la bolsa se engancha y queda colgando. Está hecho, digo.
Ahora llueve. Miro por última vez la bolsa con el zapato adentro y empiezo a caminar. Me concentro en las veredas, en el color de las baldosas. La primera vereda es amarilla, camino unos pasos y se convierte en roja, con las baldosas acanaladas en dirección a la calle. La siguiente es color cemento y está bastante rota. Después otra amarilla que sigue al doblar la esquina. Un malestar inexplicable me aplasta la boca del estómago. Cuatro veredas más y estoy seguro de lo que es pero trato de ignorarlo. El esfuerzo dura dos veredas rojas. Me detengo, pego la vuelta y camino hacia al local. Miro la bolsa de plástico colgando del vértice del vidrio roto, el zapato está adentro, demasiado pequeño para mi pie. Busco algo con qué alcanzar la bolsa: una rama, un pedazo de madera. Encuentro un cartón duro y lo retuerzo. Meto el cartón y todo el brazo por uno de los rombos de la cortina pero apenas puedo llegar al vidrio. No sé si quiero pescar el zapato o tirarlo para adentro. Le doy golpes al vidrio con la punta del cartón, que se dobla como si fuera de manteca.
¿Qué puedo hacer ahora? Está lloviendo a cántaros. Puedo buscar una piedra. Busco una piedra. Estoy nervioso, tengo miedo de que alguien me vea. ¿Qué podrían pensar? ¿Qué podría decir? ¿No ve, señor, que estoy devolviendo un zapato? Tiro la piedra, el vidrio estalla y la bolsa cae del otro lado. Entonces me voy, primero animado, después con la sensación de ser un estúpido, de haberme mojado de gusto.
Estoy nuevamente en casa, tomando mate, con una toalla al cuello, mirando por la ventana del balcón. La lluvia ahora se deja oír con fuerza. Parece que el viento se va a llevar la avenida. El zapato no está y es una ausencia extraña. Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos, digo, y escucho la lluvia que, como el perfume de alguien querido y ausente, invade la noche.

Pablo Ramos (1966), en Cuando lo peor haya pasado (2003).

Recorrido:
  • ¿De qué se trata? y/o ¿Qué representa para vos el zapato?
  • ¿Qué hay en común entre este cuento y «El día que te lleve el viento», del mismo autor?